Tu próxima banda indie favorita es Nicolás y Los Fumadores, de Bogotá

Tu próxima banda indie favorita es Nicolás y Los Fumadores, de Bogotá

Por Ignacio Mayorga Alzate-Remezcla

Son las 15:00 h del tercer día del Festival Estéreo Picnic 2019 cuando Nicolás y Los Fumadores llegan para inaugurar el Tigo Stage, el escenario más grande del evento. Para una de las bandas indie más populares de Bogotá en ese momento, su actuación supone una señal de que la industria mainstream por fin está prestando atención a la escena underground colombiana. Sin embargo, los propios miembros de la banda parecen ajenos a la importancia del momento. Lo que sienten, en cambio, es vértigo y ansiedad. Al fin y al cabo, probablemente sea su actuación más importante hasta la fecha, tras haber teloneado a Zoé en octubre de 2018.

«Esa fue la última vez que subí a un escenario achispado. No recuerdo mucho de aquello. Fue solo una descarga de adrenalina», recuerda Santiago García, vocalista y guitarrista de la banda. Para una banda aparentemente despreocupada que a menudo bromea sobre sí misma, fue todo un reto no salirse del personaje ante cientos de personas.

Aunque la banda volvió al evento hace tres años, su próxima actuación en el Estéreo Picnic (20 de marzo) marca cómo siguen liderando la escena indie colombiana. Tras una década de carrera, se encuentran prácticamente solos, ya que la mayoría de sus contemporáneos de los primeros tiempos han desaparecido. Las Yumbeñas, Quemarlo todo por error, Montaña, La Hermanastra Más Fea y Aguas Ardientes se desvanecieron del panorama musical solo unos años después.

Pero Juan Carlos «Charlie» Sánchez, el batería del grupo, le quita importancia a su éxito. «Tengo la sensación de que el concierto no debería ser muy diferente [de lo que hicimos la primera vez]», afirma. «El vídeo que vamos a proyectar básicamente nos muestra a nosotros mismos con aspecto de estar muy cansados. Eso, de hecho, me emociona», comparte, recordando su primera actuación en Estéreo Picnic, cuando acompañaron su show con un bucle visual que hacía lo mismo: nada.

El aburrimiento y el cansancio, al fin y al cabo, son precisamente lo que impulsa a este cuarteto de Bogotá. Con el lanzamiento de su álbum debut, Como pez en el hielo (2018), la banda estableció una clara dirección poética: humor cáustico contrapuesto a guitarras que beben de Mac DeMarco, utilizadas para retratar —irónicamente— ese traumático rito de paso entre la adolescencia y la edad adulta, cuando dejar el instituto significa entrar en el mundo universitario sin haber dejado del todo de ser un niño.

El álbum gira repetidamente en torno a una sensación de fatiga disfrazada de melancolía. En «Triste Otra Vez», García canta con una resignación desarmante: «Estoy triste otra vez / pero siempre estoy triste». Por su parte, «Bailando Triste» narra la historia de una fiesta aburrida que el protagonista acaba abandonando por puro aburrimiento: «Esto solo puede salir mal / y ahora estoy aquí bailando tristemente / pagué 20 lucas [cinco dólares] y estoy bailando solo». Ni siquiera consiguió un pequeño zumo de cartón.

En aquella época, lo que más importaba al grupo era crear historias divertidas a partir de bocetos instrumentales, a menudo con títulos antes incluso de que existieran las letras. «La letra de “Bruce y Margaret”, por ejemplo, es una broma. Una broma en toda regla. Nunca se pensó que se tomara en serio», afirma García con cierto desconcierto. «Es extraño que la gente la interprete así». No es muy diferente a cuando las parejas en Estados Unidos deciden brindar en su boda con «The One I Love» de R.E.M., donde la letra adopta la perspectiva de una persona manipuladora que trata a los demás como meros sustitutos, carentes de afecto genuino.

Pero con la madurez llega la comprensión de que incluso la risa tiene sus límites. El humor autocrítico se convierte menos en una solución que en un mecanismo de defensa contra la hostilidad de la vida urbana, especialmente en una metrópolis sudamericana. Con el tiempo, la broma da paso a una realidad más aleccionadora: el trabajo precario, las largas jornadas en un call center norteamericano —como recuerdan en «El Túnel» cuando cantan: «No quiero pudrirme en un call center, pero tampoco quiero irme a comer mierda a otro país»—, y el silencioso colapso de los sueños juveniles de un futuro brillante.

Por eso Dios y la mata de lulo, de 2022, resuena con mayor ansiedad y desesperación. El humor se desvanece. Lo que antes podría haber sido una anécdota absurda —un urbanita quemado por el sol en un viaje por carretera con amigos— ahora se siente delirante y vagamente amenazante.

Nochenegra (2025) va aún más allá: es un disco más melancólico, con una poesía sombría que acompaña a unos arreglos instrumentales gélidos.

Durante casi una década, Nicolás y Los Fumadores han narrado el lado más crudo de la madurez: ese estrecho intervalo entre los veinte y los treinta, cuando la noche termina y llega por fin la factura. Es el momento en el que la libertad se revela como un arma de doble filo, que representa la independencia por un lado y la silenciosa disolución de las ilusiones juveniles por el otro.

Mientras tanto, la banda enciende otro cigarrillo y se prepara para volver al Estéreo Picnic, reafirmando su improbable pero innegable lugar en el ecosistema indie de Bogotá.

Quizás ahora por fin puedan pagar sus facturas atrasadas.

Quizás.

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